El triunfo de Luis Arce representa una recomposición de la izquierda en América Latina. Es un presagio de lo que puede ocurrir dentro de dos semanas en Estados Unidos, en donde el gobierno ultraconservador de Donald Trump puede salir con el rabo entre las patas

A once meses del golpe de Estado del 10 de noviembre pasado, en que una coalición cívico militar de sectores de la derecha profascista, apartaron del poder al presidente constitucional Evo Morales, Bolivia volvió a las urnas. Se necesitaron apenas catorce horas de confrontación en las urnas, para que siete millones de bolivianos en forma contundente y mayoritaria reafirmaran su destino histórico, recuperaran el rumbo democrático del estado plurinacional e incluyente y aplastaran la dictadura de la presidente de facto Jeanine Áñez.

Algunos analistas políticos presagiaban el triunfo del candidato del Movimiento al Socialismo, MAS, pero no tuvieron entre sus cálculos que ese triunfo fuera arrollador y que no se necesitara ir a una segunda vuelta electoral, para la cual las fuerzas de la derecha tenían calculados sus planes conspirativos.

Los resultados fueron demoledores para la burguesía boliviana. Luis Arce Catacora se alzó con el 53 por ciento de la votación, lo que le aseguró el regreso al poder al socialismo boliviano, frente al 31.6 por ciento de su inmediato contendor, el derechista Carlos Mesa. En la capital del país, La Paz, el 63.5 por ciento de la votación fue para el candidato del MAS, y en Cochabamba la ventaja fue del 63 por ciento. Aunque los informes no brindan un consolidado antes de una semana, se estima que en seis de los nueve departamentos en que se divide el país, el MAS ganó las elecciones, con lo cual se garantiza una holgada mayoría parlamentaria.

Por la unidad del país

Apenas cerradas las mesas de votación y con los resultados de una consulta a boca de urna, que ya daba por descontada su victoria, el candidato del MAS, Luis Arce, dijo en rueda de prensa, acompañado de su fórmula vicepresidencial, David Choquehuanca: “Bolivia ha recuperado la democracia, y, sobre todo, quiero decir a los bolivianos, hemos recuperado la esperanza”. “Vamos a recuperar la economía y reconducir nuestro programa sin odio”.

“Conocidos los resultados queremos agradecer al pueblo boliviano, agradecemos a toda nuestra militancia, hemos dado pasos importantes, hemos recuperado la democracia y la esperanza”. “Vamos a cumplir las promesas de campaña, nuestro compromiso es el de trabajar, de llevar adelante nuestro programa. Vamos a gobernar para todos los bolivianos. Vamos a construir la unidad de nuestro país”. “Los resultados demuestran que el pueblo es sabio y vamos a responder con todas las expectativas”, precisó el electo presidente.

Cuando Arce habla de recuperar la economía en el próximo mandato del MAS, lo hace con conocimiento de causa. Arce es un economista de 57 años de edad, que estudió en la Universidad Mayor de San Andrés, en La Paz e hizo maestría en la universidad británica de Warwik y catedrático en varias universidades. Durante 18 trabajó en el Banco Central de su país y ocupó los cargos de ministro de Economía y Finanzas durante casi todo el mandato de Evo Morales.

Un referente

Es por consiguiente uno de los arquitectos del denominado “milagro boliviano”. Durante su gestión, el PIB pasó de 9.500 millones de dólares al año, a 40.800 millones de dólares; redujo la pobreza del 60 al 37 por ciento y se hicieron inversiones millonarias para industrializar el litio y el gas. Se establecieron subsidios a las mujeres embarazadas, a los estudiantes, a los ancianos, a las comunidades indígenas.

Las miradas del continente están puestas hoy en el proceso de realinderamiento del gobierno socialista en Bolivia. El triunfo de Luis Arce representa una recomposición de la izquierda en América Latina. Es un presagio de lo que puede ocurrir dentro de dos semanas en Estados Unidos, en donde el gobierno ultraconservador de Donald Trump puede salir con el rabo entre las patas. Para la izquierda colombiana, se convierte en un referente, en un espejo en el que se pueden mirar los nacientes procesos de unidad en la martirizada tierra colombiana.

Los bolivianos deberán iniciar un juicio de responsabilidades contra la presidenta de facto, Jeanine Áñez, por su desastrosa gestión. No solo se autoproclamó presidenta, en una sesión parlamentaria donde no hubo quórum, sino que adelantó un gobierno caracterizado por una violenta represión política contra los opositores y los sectores populares, por su incapacidad para enfrentar las consecuencias de la pandemia y por los crecientes brotes de corrupción administrativa.

En apenas once meses de gobierno de Áñez, estallaron 48 escándalos de corrupción. En una escalada por ahogar el malestar social frente a su administración, se produjeron las masacres en las poblaciones de Sacaba y Senkata. En ese lapso de once meses la contracción económica del PIB fue del 6.2 por ciento, que casi destruye por completo el conjunto de reivindicaciones sociales de los sectores indígena y popular en Bolivia.

Fuente:

Semanario VOZ