En los momentos de avance de las fuerzas reaccionarias y del fascismo, que tienen como base ideológica el nacionalismo exaltado y el chovinismo, algunos sectores progresistas tienden a asumir, como postura lógica para contrarrestarlo, un cosmopolitismo radical. Un internacionalismo mal entendido que niega la nación, niega las costumbres, los símbolos y la historia, poniéndolas todas en el mismo saco de la reacción ultranacionalista y chovinista del fascismo y las fuerzas de extrema-derecha. Esta no es solo una tendencia que se pueda observar ahora, con la defensa de ciertos sectores de una especie de Estados Unidos de Europa. También existe otra tendencia a cargar contra las naciones pequeñas, contra las nacionalidades y lenguas minorizadas u oprimidas, pensando que la disputa del orgullo nacional con el fascismo equivale a asumir su postura negacionista de las diferentes realidades nacionales. Ante estas tendencias, hay que preguntarse si son nuevas y entenderlas desde la historia.

Es por eso que este artículo tiene la intención de hacer una relectura de un texto que marcó la historia del movimiento comunista y qué fue la línea de interpretación y de acción en la lucha política contra el nazi-fascismo a partir de aquel momento. Esta relectura no pretende dar lecciones sobre el presente. Esto será tarea de cada una y de cada uno de los lectores que sigan las líneas que vienen a continuación. Tampoco pretende generalizar la postura de todas las tendencias que se reivindicaban como marxistas o comunistas en la época, ni de los debates que se daban. Pretende poner negro sobre blanco un texto que comenzó la política del Frente Popular, que inició una nueva etapa del movimiento comunista y del movimiento obrero en la lucha contra el fascismo. Se trata del informe presentado por Dimitrov, en 1935, ante el VII Congreso de la Internacional Comunista (“La ofensiva del fascismo y las tareas de la Internacional en la lucha miedo la unidad de la clase obrera contra el fascismo”). Este texto se ha convertido en referencia para el movimiento comunista hasta el día de hoy, y ha tenido influencia más allá de esta corriente de pensamiento político. Pese a su relevancia, algunos aspectos parecen olvidados.

Entrando en materia, en este informe Dimitrov se pregunta porque el fascismo ha triunfado en Alemania y en Italia, porque en España el año 34 se impusieron las fuerzas reaccionarias, un país “donde las fuerzas de la insurrección proletaria se combinan tan ventajosamente con la guerra campesina?”. A esta pregunta le acompañan otras. Según expresaba el informe:

“Los socialistas españoles estuvieron representados en el gobierno desde los primeros días de la revolución. ¿Establecieron acaso un contacto de lucha entre las organizaciones obreras de todas las tendencias políticas, incluyendo comunistas y anarquistas? ¿Fundieron a la clase obrera en una sola organización sindical? ¿Exigieron acaso la confiscación de todas las tierras de los terratenientes, de la iglesia y conventos a favor de los campesinos para conquistar a éstos para la revolución? ¿Intentaron luchar por la autodeterminación nacional de los catalanes, de los vascos, por la liberación de Marruecos? ¿Limpiaron al ejército de elementos monárquicos y fascistas, preparando el paso de las tropas al lado de los obreros y de los campesinos? ¿Disolvieron la guardia civil, verdugo de todos los movimientos populares, tan odiada por el pueblo? ¿Asestaron algún golpe contra el partido fascista de Gil Robles, contra el poderío del clero católico?”

De este fragmento se pueden extraer tres conclusiones. El fascismo avanzaba en España, en primer lugar, a consecuencia de la falta de interés de la socialdemocracia de unir la clase obrera. Lo hacía, en segundo lugar, porque tampoco había hecho nada para cortar la base económica de los que lo financiaban, ni sus brazos represores (ejército y guardia civil). Y lo hacía, finalmente, porque no tenía en cuenta el hecho nacional catalán y vasco, como tampoco tenía una postura anticolonial verso Marruecos. Pero en este informe no solo se pone el foco sobre los errores de los otros, sino que hace autocrítica sobre las carencias de los comunistas de países como Alemania, que desestimaron la necesidad de la lucha ideológica. En un fragmento del texto, los acusa de haber “subestimado durante mucho tiempo el sentimiento nacional herido y la indignación de las masas contra el Tratado de Versalles”, así como “observaban una actitud desdeñosa respecto a las vacilaciones de los campesinos y la pequeña burguesía, tardaron en establecer un programa de emancipación social y nacional”. De la misma manera, aseguraba que poner freno al fascismo dependía de “la justa política de la clase obrera respecto al campesinado y a las masas pequeñoburguesas de la ciudad. Hay que tomar a estas masas tal y como son y no como nosotros quisiéramos que fuesen”.

Más allá de la denuncia de los errores en la comprensión de las clases sociales de su momento, Dimitrov también hace hincapié en una de las grandes debilidades de los partidos comunistas en la lucha antifascista: la lucha ideológica. Así pues, el informe lamenta que “muchos camaradas no creían que una variedad tan reaccionaria de la ideología burguesa, como es la ideología del fascismo, que en su absurdo llega con harta frecuencia hasta el desvarío, fuese en general capaz de conquistar influencia sobre las masas”. Según el autor “la avanzada putrefacción del capitalismo llega hasta la misma médula de su ideología y su cultura, y la situación desesperada de las extensas masas del pueblo predispone a ciertos sectores al contagio con los detritus ideológicos de este proceso de putrefacción”, y continúa afirmando que no se podía “menospreciar, en modo alguno, esta fuerza del contagio ideológico del fascismo. Al contrario, debemos librar por nuestra parte una amplia lucha ideológica, basada en una argumentación clara y popular y en un método certero a la hora de abordar lo peculiar en la psicología nacional de las masas del pueblo”.

En la lucha ideológica contra el fascismo el hecho nacional tenía un papel capital. Uno de los rasgos característicos del fascismo es el uso de la nostalgia y la épica histórica para alimentar su relato ultranacionalista y chovinista. Así lo analizaba el informe, afirmando que los fascistas usaban la historia de cada pueblo “para presentarse como herederos y continuadores de todo lo que hay de elevado y heroico en su pasado, y explotan todo lo que humilla y ofende a los sentimientos nacionales del pueblo, como arma contra los enemigos del fascismo”. A la vez, advierte que los comunistas que “que creen que todo esto no tiene nada que ver con la causa obrera y no hacen nada (…) para esclarecer ante las masas trabajadoras el pasado de su propio pueblo con toda fidelidad histórica y el verdadero sentido marxista (…), para entroncar la lucha actual con las tradiciones revolucionarias de su pasado (…), entregan voluntariamente a los falsificadores fascistas todo lo que hay de valioso en el pasado histórico de la nación, para que engañen a las masas del pueblo.”. En este sentido, Dimitrov aclara que los comunistas “no somos los funcionarios limitados de los sindicatos, ni tampoco los dirigentes de los gremios medievales de artesanos y oficiales. Somos los representantes de los intereses de clase de la más importante y grande de las clases de la sociedad moderna, de la clase obrera, que tiene por misión emancipar a la humanidad de los tormentos del sistema capitalista”.

El texto va mucho más allá de unas líneas, o de las referencias al uso de la historia. El informe va al verdadero asunto y marca la postura de la Internacional Comunista sobre el hecho nacional en la lucha contra el fascismo. Así, aseguraba que los comunistas “somos, por principio, enemigos irreconciliables del nacionalismo burgués, en todas sus formas y variedades. Pero no somos partidarios del nihilismo nacional, ni podemos actuar jamás como tales. La misión de educar a los obreros y a los trabajadores en el espíritu del internacionalismo proletario es una de las tareas fundamentales de todos los Partidos Comunistas. Pero, el que piense, que esto le permite, e incluso, le obliga a escupir en la cara a todos los sentimientos nacionales de las amplias masas trabajadoras, está muy lejos del verdadero bolchevismo”. No solo se queda en la denuncia del “nihilismo nacional” de ciertos sectores, sino que además propone que “el internacionalismo proletario debe ‘aclimatarse’, por decirlo así, en cada país y echar raíces profundas en el suelo natal. Las formas nacionales, que reviste la lucha proletaria de clases, el movimiento obrero en cada país no están en contradicción con el internacionalismo proletario, sino que, al contrario, es precisamente bajo estas formas como se pueden defender también con éxito los intereses internacionales del proletariado ”.

El hecho nacional, para Dimitrov, no era una cortina de humo para tapar la lucha de clases, más bien al contrario, en el informe exponía claramente que hacía falta “poner en relieve, en todas partes y en todas las ocasiones, ante las masas y demostrar de un modo concreto que la burguesía fascista, con el pretexto de defender los intereses de toda la nación, práctica la política egoísta de opresión y explotación de su propio pueblo y la expoliación y la esclavización de los demás pueblo”. Pero no se pueden limitar a esto. Al mismo tiempo, aseguraba, “tenemos que poner de manifiesto, a través de las propias luchas de la clase obrera y mediante las acciones del Partido Comunista, que el proletariado, al rebelarse contra todo vasallaje y contra toda opresión nacional, es el único y auténtico campeón de la libertad nacional y de la independencia del pueblo”. Y proseguía afirmando que “los intereses de la lucha de clases del proletariado contra los explotadores y opresores patrios no están en pugna con los intereses de un porvenir libre y feliz de la nación. Al contrario: la revolución socialista será la salvación de la nación y le abrirá el camino para un auge más esplendoroso”. El proletariado revolucionario, afirma, “lucha por salvar la cultura del pueblo, por redimirla de las cadenas del capital monopolista en putrefacción, del fascismo bárbaro que la violenta. Sólo la revolución proletaria puede impedir el naufragio de la cultura, elevarla al más alto esplendor como verdadera cultura popular”.

El informe no era solo una colección de proclamas, sino que planteaba una postura concreta para el movimiento comunista. Así pues, marca que los comunistas “que forman parte de una nación oprimida o dependiente, no podrán luchar con éxito contra el chovinismo, en el seno de su propia nación, si al mismo tiempo no ponen de manifiesto, en la práctica del movimiento de masas, que luchan realmente por redimir a su nación del yugo extranjero. Por otra parte, los comunistas de la nación opresora tampoco podrán hacer lo que es necesario para educar a las masas trabajadoras de su nación en el espíritu del internacionalismo, si no libran una lucha decidida contra la política de opresión de su ‘propia’ burguesía, por el derecho a la completa autodeterminación de las naciones esclavizadas por ellas. Si no lo hacen, tampoco ayudarán a los trabajadores de las naciones oprimidas a sobreponerse a sus prejuicios nacionalistas”. Así pues, concluye que “sólo actuando en este sentido, demostrando de un modo convincente en toda nuestra labor de masas que estamos tan libres del nihilismo nacional, como del nacionalismo burgués, sólo entonces podremos librar una lucha verdaderamente eficaz contra la demagogia chovinista del fascismo”. Ésta era, para Dimitrov, “premisa absolutamente indispensable, para luchar eficazmente contra el chovinismo, principal instrumento de la influencia ideológica de los fascistas sobre las masas”.

Font:

realitat