Hay situaciones en la vida que se presentan a veces hasta de manera repentina e inexplicable, como lo es cuando un familiar directo es operado o diagnosticado con alguna enfermedad que cambia su vida cotidiana o por ser de tercera edad. Es entonces, cuando las mujeres “debemos” asumir su cuidado. Eso, incluso, lo sentimos o nos lo hacen sentir, casi como deber.

Extensión de estereotipos

En estos casos, se reflejan los estereotipos de género y también se muestran con nitidez las diferencias de clase porque hay quienes adquieren los servicios de personal especializado o confinan a sus familiares en casas de reposo y así la “carga” no se siente. Mientras que en los sectores populares, en la mayoría de los casos, son las mujeres, hermanas, hijas y hasta nietas las que asumen la labor del cuidado, sin reconocimiento económico ni social y, más bien, es considerada una obligación o expresión de agradecimiento.

Lo cierto es que todos los seres humanos requerimos de cuidado en situaciones especiales de nuestras vidas, como cuando estamos convalecientes de una operación o padecemos alguna enfermedad que limita nuestra movilidad, puede ser temporal o crónica. Pero esas situaciones se dan, más que nada, en adultos mayores y, en no pocos casos, las mujeres nos vemos obligadas al no encontrar otra opción, lo que conlleva a optar por dejar de trabajar porque el cuidado absorbe y afecta nuestra propia independencia. Por consiguiente, nos vemos afectadas económicamente, en el desarrollo personal y, también, emocionalmente porque sobrellevar la presión y responsabilidad de estar a cargo de un ser humano con salud resquebrajada, termina afectando, incluso, psicológicamente.

Para las mujeres que laboran cuidando niños, personas con discapacidad o de la tercera edad, su situación es sumamente riesgosa porque recae en ellas la gran responsabilidad de estar al cuidado de un ser humano vulnerable. Sumado a ello, las condiciones en las que laboran, el poco reconocimiento económico que reciben, el no tener horario y los casi inexistentes beneficios laborales. La subestimación a su labor, la discriminación y violencia de género de la que son objeto en muchos casos, y los efectos negativos en su salud física y mental. En estos tiempos de pandemia, lamentablemente, quienes se dedican a esta labor, remunerada o no, corren mayores riesgos.

Confinamiento diferenciado

Estos días de confinamiento obligado y necesario, son muy difíciles para las mujeres que se dedican a esta importante labor de manera informal, sin contratos de por medio y a expensas del cumplimiento de la palabra de los patrones o con esa mentalidad, que en muchos casos aprovechan para sobrecargar sus labores y exponiéndolas a mayores riesgos y condiciones de vulnerabilidad y contagio, encargándoles compras y otros.

Cada día, en los medios de comunicación, tendenciosamente se difunden reportes en los que no se consideran las recomendaciones para evitar que el Covid-19 se expanda, con la intención de hacernos sentir responsables de la expansión del virus; sin tomar en cuenta, que en general, a los sectores populares, a los que la incertidumbre y necesidad les preocupa y desespera, está en shock colectivo. Lo expresado no es justificación, pero qué diferente es para el pueblo padecer necesidades, violencia, confinamiento en estrechos espacios o el no tener para la olla del día; a diferencia de los pocos que tienen todo resuelto, los que si pudieran se comprarían todo el supermercado incluyendo al personal de servicio.

Frente a ello, nos corresponde orientar, persuadir y convencer desde nuestros respectivos barrios, hablar con los vecinos, acercamos a la población; en suma, ligarnos a las masas en estas nuevas condiciones para asumir con responsabilidad las indispensables medidas contra la expansión del Covid-19 y el rol que nos corresponde como pueblo.

Población va envejeciendo

Según informaciones estadísticas, en América Latina y el Caribe casi el 65% del tiempo dedicado al cuidado no remunerado lo brindamos las mujeres. La región va envejeciendo porque hay mayores expectativas de vida. En el caso peruano es de 74,6 años (72,0 años los hombres y 77,3 las mujeres). Proyectándose para el 2050 a 79 años, lo cual implica que la demanda de cuidado seguirá aumentando. Sin embargo, las condiciones económicas sociales, que se prevé se agudizarán post pandemia, hará que sea solo una élite la que tenga posibilidades de pagar este servicio. A la par, el cuidado de los adultos mayores del pueblo, recaerá en las mujeres.

Esta es una realidad que se da y se vive día a día, de la que quienes desarrollamos labor gremial o política, no escapamos. En muchos casos, esta realidad es considerada normal o en otros, fácilmente, como una gran limitación inherente a las mujeres, frente a la que todavía no perfilamos salidas adecuadas ni proponemos opciones viables. Urge, también, que el Estado, cuyo rol definitivamente tendrá que ser replanteado, implemente no solo sistemas de atención adecuados que generen empleo y que este trabajo sea reconocido y valorado socialmente; sino también, que formule políticas específicas referidas a la atención de la tercera edad, actualmente abandonada, y a las personas con habilidades diferentes que conlleven disfrutar de vida digna y saludable.

Fuente:

Partido Comunista del Perú – Patria Roja